Toda historia tiene un principio

Aunque, técnicamente, la decisión de convertirme en periodista freelance supone el inicio de una etapa, es justo reconocer que todo empezó hace mucho tiempo.

Llegué a Madrid en el año 2009 dispuesta a convertirme en la próxima promesa del periodismo de guerra (¿no pensamos todos los que nos matriculamos que nuestro futuro incluirá un chaleco antibalas con la palabra “PRESS” impresa?). Como era joven e ingenua creía que, si seguía todos los pasos que debía, acabaría la carrera y empezaría mi vida profesional. Ya me veía firmando artículos para las mayores cabeceras, dando mi opinión en tertulias políticas y viviendo inmersa en la actualidad mundial. Era un poco ambiciosa, lo sé, pero ¿qué esperábais? Tenía 20 años y el cielo era el límite.

Después los años fueron pasando, me licencié y tuve que cambiar los artículos de opinión por la caja registradora. Me volví a Asturias y me dí cuenta de que, si quería tener independencia económica y pagar mis propias facturas, la única opción que tenía era trabajar como dependienta. Tenía experiencia y se me daba bien. Y, eh, oye, sólo era temporal. Una etapa. Yo en realidad iba a ser Periodista, así, con p mayúscula.

Pero los meses se convirtieron en años y cada vez me apartaba más del sueño que tenía en mi cabeza. Entré en una forma de vida automática. Levantarse, ir a trabajar, volver a casa, ver un poco la tele, dormir y volver a empezar. No me malinterpreteis, esa vida no tenía nada de malo. Era sencilla. Funcionaba. Pero había algo dentro de mí que no paraba de decirme: “Silvia, cuanto más tardes en intentarlo, más posible será que no lo consigas”. Era como si estuviera viviendo la vida de otra persona. No. Era como si mi vida estuviera en pausa, deseando que alguien le diera al botón de “play” para empezar.

Y fue éste invierno pasado en el que se me puso la ansiedad por las nubes. Cada vez me era más difícil acallar a esa parte de mi conciencia que no paraba de repetirme que tenía que hacer algo, que no podía seguir así. No puedo decir que odiara mi vida. Es que no tenía vida. Tenía la sensación de que había entrado en un bucle: tenía un trabajo que cada vez me quemaba más, que apenas me daba el dinero necesario para mantener una vida que no me gustaba. Todos los días eran el mismo. Una y otra vez. No conocí lugares nuevos, no conocí a gente nueva, no descubrí ni una sola cosa nueva que me gustara. Cuando hablaba con mis amigos, no hacía más que repetir lo mismo de siempre. Que estaba quemadísima, que estaba hasta los huevos, que no tenía tiempo para nada. Joder, me aburría a mí misma.

Así que llegó el día en el que lo vi todo claro. Me quedaban pocos meses para acabar mi contrato y volver a la lista del paro. No sabía lo que iba a hacer, pero tenía algo muy claro: no iba a seguir viendo como mi vida pasaba delante de mis ojos. Era demasiado frustrante, y sólo de pensar que tendría que vivir así los próximos 30 años me daban ganas de tirarme por la ventana. Iba a ser periodista. Iba a intentarlo con todas mis fuerzas. Y, hoy en día, eso pasaba por empezar mi camino en el maravilloso mundo del trabajador autónomo.

Y aquí estoy. Con 31 años. En el paro. En Madrid. Sin saber muy bien por dónde empezar ni cómo canalizar todas estas ganas y esta ilusión que tengo. Me abruma un poco tener la certeza de que no tengo ni puta idea de cuál es el siguiente paso, así que, he pensado que, quizá haya más gente como yo, que no soy la única. Y que si, compartiendo con ellos los fallos y los aciertos que cometa en esta nueva etapa puedo ayudar a alguien, pues oye, al menos no será una pérdida de tiempo total. Y eso es lo que voy a hacer. Deseadme suerte.

 

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